El creyente y la ley moral de Dios : los diez mandamientos / Thomas Montgomery
Tipo de material:
TextoIdioma: Español Editor: Medellin, Colombia : Fundación IBRC, [2012]Fecha de copyright: ©2012Descripción: 226 páginas ; 21 cmTipo de contenido: - texto
- sin mediación
- volumen
- [No incluye ISBN]
- 23 220.834 M788
| Tipo de ítem | Biblioteca actual | Colección | Signatura topográfica | Copia número | Estado | Fecha de vencimiento | Código de barras | |
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Libros General
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Biblioteca FUSBC | Colección General | G 220.834 M788c (Navegar estantería(Abre debajo)) | Ej. 1 | Disponible | 22477 |
El primer mandamiento -- El segundo mandamiento -- El tercer mandamiento -- El cuarto mandamiento -- El quinto mandamiento -- El sexto mandamiento -- El séptimo mandamiento -- El octavo mandamiento -- El noveno mandamiento -- El décimo mandamiento -- Iglesia Bautista Reformada.
En Resumen: Damos por hecho que la ley obra ira (Rom.4:15). Y, no obstante, al hombre creyente las amenazas legales de condenación ya no le traen ningún terror. Y también damos por hecho que, en el asunto del perdón y la justificación, la ley no significa nada para el creyente puesto que ya fue cumplida en su lugar por Cristo el sustituto. La ley ya no tiene el poder para destruir su paz, atormentar su conciencia o traerlo nuevamente a servidumbre puesto que la ley solo lo puede tocar en estos sentidos por medio de la persona de su sustituto. La justicia en la cual el creyente tiene aceptación ante Dios es la justicia “sin las obras de la ley” (es decir, la justicia perfecta de Cristo o sea su vida perfecta y su muerte, imputadas a la cuenta de creyente). Entonces el pecado que todavía mora en el creyente no le da ningún derecho a la ley para llevar a cabo sus amenazas y sus castigos. Damos por hecho que el creyente está firme solamente por la gracia de Dios. Se regocija en la esperanza de la gloria de Dios con una seguridad tan firme que puede decir: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? y ¿Quién es el que condenará?” (Rom.8:33-34). Todo esto lo afirmamos en la forma más fuerte posible, pero preguntamos ¿qué hay en esto para alejarnos de la ley y para hacernos exentos de la obediencia a ella? ¿No son realizadas todas estas cosas a favor del creyente para colocarlo en una posición en la cual pueda amar y guardar la bendita ley, misma que fue guardada por Jesús? ¿No debería el creyente clamar y desear como los redimidos de los tiempos antiguos, “Ojalá fuesen ordenados mis caminos para guardar tus estatutos”? (Sal.119:5) “No me dejes desviarme de tus mandamientos.” (Sal.119:10) “Me he gozado en el camino de tus testimonios más que en toda riqueza.” (Sal.119:14) “Quebrantada está mi alma de desear tus juicios en todo tiempo.” (Sal.119:20) “Hazme entender el camino de tus mandamientos.” (Sal.119:27) “Por el camino de tus mandamientos correré cuando ensanches mi corazón.” (Sal.119:32) Tanto el Salmo 19 como el Salmo 119 deben resultar muy incómodos para los que creen que el creyente no tiene nada que ver con la ley. ¿Dirán algunos que estos salmos “legalistas” fueron solamente para los creyentes del antiguo pacto?
Es importante notar que las objeciones comunes a la observancia del domingo siempre dan a entender que el día es una
maldición no una bendición, esclavitud y no servidumbre. De la misma manera las objeciones comunes en contra de la ley dan a entender que es mala y no buena, que es enemiga y no amiga. Para terminar, digan lo que quieran los hombres, la obediencia a la ley es libertad, es armonía y no discordia. El objeto de la ley es el de guardar todo en su lugar apropiado, moviéndose en su curso correcto. Y esto a fin de que la libertad de un hombre no interfiera con la de su prójimo y así cada uno tendrá la cantidad más grande de libertad que las criaturas son capaces de tener sin dañarse a sí mismos o a los demás. La ley no interfiere con a libertad verdadera sino solo con aquella que es falsa.
Rústico
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