John Wesley, el pequeño párroco, pulcro y aseado, capaz de interrumpir un servicio al aire libre mientras iban a buscar su sotana, acérrimo de la puntualidad, para quien el desorden, físico o mental, equivalía a un insulto, que se imponía a sí mismo una disciplina de una austeridad mucho mayor que todo cuanto pudiera exigir de sus seguidores, seguro que no encaja en la estampa comúnmente admitida del profeta, de la antigua o de la nueva dispensación. Comparado con el otro Juan, el Bautista, ambos tienen muy poco en común, salvo quizá que también se puede decir de Wesley que fue <