Muchos cristianos contemporáneos (¿acaso la mayoría?) se encuentran en una situación difícil y ambigua, causa a veces de no pocos sufrimientos: por una parte, se sienten intelectualmente inseguros ante los enunciados de la fe y las enseñanzas dogmáticas y morales del magisterio; por otra parte, se les ha dicho que admitir la duda en tales materias constituye un pecado. Vacilan entre ser honrados con lo que su inteligencia les muestra y ser fieles a la condición de «buenos creyentes». En cuanto al talante afectivo ante tal situación, varía entre dos extremos: «quisiera estar completamente seguro de mi fe» y «quisiera eliminar la fe de mi vida».